Tres consejos para conversar con personas que tienen dudas sobre la vacunación
Las dudas sobre las vacunas están aumentando en distintas regiones del mundo. Un informe de UNICEF encontró que, durante la pandemia, la percepción de la importancia de las vacunas infantiles disminuyó en 52 de los 55 países analizados, con caídas de hasta 44 puntos porcentuales en algunos casos .
Este cambio de actitud puede resultar desalentador, ya que la vacunación constituye una de las intervenciones sanitarias más costo-efectivas de la historia de la salud pública. Se estima que los programas de vacunación dirigidos a 14 enfermedades dentro del Programa Ampliado de Inmunización de la OMS evitaron 154 millones de muertes entre 1974 y 2024 —el equivalente a seis vidas cada minuto—, la mayoría de ellas en menores de cinco años. Esta cifra se trata de una estimación conservadora circunscrita a ese conjunto específico de enfermedades y programas, no de una medición exhaustiva de todo el impacto histórico de la vacunación en general.
¿Qué debería decirse, entonces, a alguien que tiene dudas sobre las vacunas? ¿Qué argumentos resultan realmente útiles al hablar con familiares o amigos? El creciente cuerpo de investigación sobre reticencia vacunal de la última década ofrece algunas respuestas basadas en evidencia.

1. Escuchar, no juzgar
Lo primero es evitar juzgar o descalificar a la persona. Puede resultar tentador asumir que quienes cuestionan las vacunas son ignorantes, irracionales o víctimas de la desinformación de internet. Sin embargo, la evidencia disponible apunta a que una estrategia más eficaz consiste en escuchar activamente, formular preguntas abiertas y tratar de comprender las razones específicas detrás de cada inquietud.
Es importante distinguir dos fenómenos que suelen confundirse: la reticencia vacunal, definida como el retraso en la aceptación o el rechazo de la vacunación pese a la disponibilidad de los servicios necesarios, y el activismo antivacunas, cuyo objetivo explícito es promover campañas de oposición a la vacunación. No son lo mismo: la primera describe un punto en un continuo de actitudes —desde la aceptación total hasta el rechazo absoluto—, mientras que el segundo implica una postura ideológica activa.
Según el modelo de las «tres C» propuesto por el grupo SAGE, las personas pueden mostrarse reticentes por motivos que suelen agruparse en tres categorías:
- Confianza: preocupaciones sobre la seguridad y eficacia de las vacunas, o desconfianza hacia el sistema de salud que las administra.
- Complacencia: percepción de que la vacunación no es necesaria porque el riesgo de contraer la enfermedad se considera bajo.
- Conveniencia: dificultades de acceso a los servicios de vacunación, ya sea por razones económicas, geográficas, logísticas o de disponibilidad.
Identificar cuál de estos factores predomina en cada caso es el primer paso para poder abordarlo de forma específica.
El contexto sociocultural también desempeña un papel: la cultura, las creencias religiosas, el origen étnico y el nivel de confianza institucional previo pueden modular la actitud de una persona hacia la vacunación . Entre los factores que con más frecuencia alimentan la reticencia se encuentran los relatos anecdóticos —de amigos o de medios de comunicación— sobre presuntos efectos secundarios. Sin embargo, los efectos adversos graves son estadísticamente muy poco frecuentes, y los datos disponibles muestran de forma consistente que, para la inmensa mayoría de las personas, los beneficios de la vacunación superan ampliamente sus riesgos.
Otra fuente muy extendida de reticencia es el temor a que las vacunas provoquen autismo, un miedo que se origina, en gran medida, en un artículo publicado en 1998 en The Lancet que afirmaba haber encontrado una asociación entre la vacuna triple viral (MMR) y el autismo. Aquel estudio resultó ser fraudulento y fue retractado por la propia revista. Desde entonces, investigaciones de gran escala y alta calidad metodológica —entre ellas un estudio de cohorte danés con más de 650.000 niños— han descartado de forma consistente una relación causal entre la vacuna MMR y el autismo.
2. Compartir el propio punto de vista
Las investigaciones señalan que expresar la propia opinión durante la conversación —ya sea compartiendo información científica confiable o una experiencia personal— resulta útil, aunque pueda parecer contraintuitivo en un contexto donde se recomienda «no juzgar».
Los profesionales sanitarios se encuentran en la mejor posición para ofrecer orientación basada en evidencia: un estudio publicado en Pediatrics en 2023 encontró que las recomendaciones claras, coherentes y emitidas por profesionales de salud de confianza se asociaban con un aumento significativo de la vacunación durante el embarazo.
Una estrategia particularmente respaldada por evidencia empírica es la entrevista motivacional (motivational interviewing): una conversación empática y no directiva entre un profesional sanitario y una persona indecisa, cuyo objetivo es fortalecer la motivación intrínseca de esta última para tomar una decisión informada, sin imponerla.
Incluso sin formación especializada, es posible explicar por qué uno decidió vacunarse o por qué confía en las vacunas; no es imprescindible memorizar cifras ni dominar el detalle metodológico de los estudios. El objetivo no es decirle a la otra persona qué debe hacer, sino ayudarla a construir una decisión informada.
3. Ser honestos y reconocer las incertidumbres
La transparencia sobre lo que aún no se sabe es un componente central de una comunicación eficaz. Es esperable que exista menos información acumulada sobre una vacuna de desarrollo reciente que sobre otra con décadas de uso, como la MMR. En lugar de omitir esa asimetría, resulta más eficaz explicar que las vacunas nuevas atraviesan evaluaciones rigurosas de seguridad y eficacia antes de su autorización, y que los sistemas de farmacovigilancia posteriores están diseñados para detectar rápidamente efectos adversos poco frecuentes.
Una revisión sistemática de intervenciones para contrarrestar la desinformación sobre vacunas concluyó que comunicar una certeza absoluta —sin reconocer los aspectos aún en investigación— puede ser contraproducente, mientras que transmitir el peso relativo de la evidencia y el grado de consenso científico tiende a ser más eficaz.
Es importante también dimensionar el alcance real de estas conversaciones: es poco probable que modifiquen la postura de quienes mantienen una oposición firme e ideológica hacia la vacunación. Las estimaciones sobre qué proporción de la población corresponde a esta categoría varían ampliamente según el país, el momento histórico y la vacuna en cuestión, por lo que cualquier cifra global única debe tomarse con cautela. Lo que sí sugiere la evidencia disponible es que el segmento con oposición ideológica firme representa una fracción minoritaria del total, y que la mayoría de las personas clasificadas como «reticentes» se ubican en un punto intermedio del continuo, más permeable a la conversación informada que a la persuasión directa.
Un desafío de múltiples capas
La reticencia vacunal es un fenómeno heterogéneo, y no existe una única estrategia capaz de resolverlo. Muchas personas no dejan de vacunarse por desconfianza hacia las vacunas, sino por obstáculos logísticos del sistema sanitario. En estos casos, intervenciones relativamente simples —mejorar los sistemas de recordatorio de citas o facilitar el acceso a los servicios de inmunización— pueden tener un impacto considerable en la cobertura.
La desinformación que circula en internet, por su parte, contribuye de forma documentada a la reticencia, lo que ha motivado el desarrollo de herramientas basadas en la teoría de la inoculación cognitiva (prebunking): exponer a las personas, antes de que encuentren desinformación real, a versiones debilitadas de las técnicas retóricas típicas que esta emplea, para que desarrollen «anticuerpos» argumentativos.
Entre esas técnicas se incluyen los testimonios de alta carga emocional, las anécdotas presentadas como evidencia científica y las afirmaciones sin respaldo sobre daños vacunales. Vale la pena señalar que este campo, aunque prometedor, es todavía relativamente joven: buena parte de la evidencia proviene de estudios experimentales de corta duración, y persisten preguntas abiertas sobre cuánto se sostienen estos efectos en el tiempo y fuera del laboratorio.

Sobre hablar en redes sociales
Frente a un familiar o amigo que comparte desinformación en redes sociales, las mismas estrategias que funcionan cara a cara siguen siendo válidas: evitar la respuesta despectiva o la ridiculización, iniciar una conversación genuina, formular preguntas y compartir información precisa.
La comunidad científica está en clara desventaja frente a los movimientos antivacunas. Algunos grupos antivacunas constituyen organizaciones altamente estructuradas, coordinadas y con una financiación considerable que intentan socavar la vacunación como programa de salud pública.
Es necesario aclarar que no todos los antivacunas forman parte de grupos organizados, buena parte de la reticencia real proviene de fuentes mucho más varidas: preocupación parental genuina, desconfianza institucional con raíces históricas legítimas, experiencias personales de duelo no resueltas o simple falta de acceso a información clara.
Sin embargo, todos podemos contribuir manteniendo conversaciones respetuosas sobre las vacunas, compartiendo información basada en evidencia científica y utilizando estrategias cuya eficacia ha sido respaldada por la investigación.
Conclusión
Ninguna de estas tres recomendaciones —escuchar sin juzgar, compartir el propio punto de vista y ser honestos sobre las incertidumbres— es una fórmula infalible, y la evidencia disponible es clara en que su efecto es modesto y depende del contexto. Pero eso no las vuelve inútiles: la mayoría de las personas con dudas sobre las vacunas no son activistas ideológicos, sino personas razonables intentando tomar una decisión informada en medio de información contradictoria. Para ese grupo, que es el más numeroso, una conversación respetuosa y basada en evidencia sigue siendo, según lo que muestra la investigación, una de las pocas herramientas capaces de marcar una diferencia real.






