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Genética, relaciones y salud: qué dice la ciencia sobre el amor y el bienestar

The role of social and genetic factors in partnership trajectories and later life health

Un estudio reciente exploró cómo la genética y los factores sociales se combinan para moldear las relaciones de pareja y su impacto en la salud y el bienestar a lo largo de la vida.

Naturaleza contra crianza

Solemos pensar en el ADN como el plano de rasgos físicos como la estatura o el color de ojos. Sin embargo, nuestros genes también influyen silenciosamente en la forma en que respondemos al estrés, experimentamos el mundo y construimos relaciones. Esto forma parte del clásico debate entre naturaleza y crianza: la interacción constante entre nuestra biología y el entorno social en el que vivimos.

Tanto nuestra genética como nuestros entornos son categorías enormes compuestas por millones de factores. En la categoría genética encontramos variantes, mutaciones heredadas y expresión génica. En la categoría ambiental, encontramos experiencias de la infancia, educación y cultura.

¿Nuestras relaciones dependen solo de nuestras experiencias o también influyen nuestros genes? 

Las relaciones humanas son un ejemplo especialmente interesante de esta interacción. Diversos estudios han mostrado que las relaciones estables y saludables se asocian con mejores resultados de salud física y mental, mientras que las relaciones conflictivas o inestables pueden aumentar el estrés y afectar negativamente el bienestar. 

Esta conexión puede explicarse por la compañía, los recursos compartidos, la interacción social y el apoyo emocional que recibimos y brindamos en nuestras relaciones. Estos elementos que “nos hacen sentir bien” pueden facilitar el cuidado de nosotros mismos y motivarnos a hacer lo mismo por las personas que amamos. A su vez, dormimos mejor, nos estresamos menos, celebramos más y nos aseguramos de que nuestras parejas vayan al dentista cada seis meses. Pero ¿hasta qué punto estos patrones están influenciados por factores sociales y hasta qué punto intervienen predisposiciones genéticas?

Un estudio reciente abordó esta pregunta utilizando datos representativos del Health and Retirement Study de Estados Unidos. Los investigadores reconstruyeron las trayectorias de pareja de casi 4900 participantes blancos no hispanos entre los 15 y los 50 años, identificando seis patrones distintos: casados antes de los 20 años, casados durante sus veinte años, viudos, vueltos a casar, divorciados y nunca casados. 

Para analizar la posible influencia genética, el estudio utilizó puntuaciones poligénicas (PGS), herramientas que estiman predisposiciones genéticas asociadas con rasgos complejos como nivel educativo, bienestar psicológico, síntomas depresivos e índice de masa corporal. Estas puntuaciones se calculan comparando la combinación de variantes genéticas de una persona (cambios en la secuencia del ADN) con las variantes genéticas comúnmente encontradas en grupos de personas que comparten un rasgo específico. Por ejemplo, individuos que presentan ciertos signos de depresión pueden compartir una mayor frecuencia de variantes genéticas concretas. 

Los resultados mostraron que tanto el nivel educativo de los participantes como la puntuación poligénica relacionada con educación fueron los factores más consistentemente asociados con los distintos patrones de relación. Un PGS educativo más alto se relacionó con una menor probabilidad de casarse antes de los 20 años o de volver a casarse. Cuando se separaron los datos por género, este patrón se volvió aún más fuerte, mostrando además una asociación entre el PGS educativo y el divorcio en mujeres. Los hombres con puntuaciones más altas de bienestar tenían menos probabilidades de permanecer solteros, mientras que aquellos con puntuaciones más altas de depresión e IMC tenían más probabilidades de haberse casado antes de los 20 años. Además, aunque mujeres y hombres reportaron resultados generales de salud similares, las mujeres generalmente obtuvieron puntuaciones más altas en síntomas depresivos.

Los hallazgos también revelaron que las uniones estables y continuas se asociaban con mejores indicadores de salud en etapas posteriores de la vida. En contraste, los hombres que nunca se casaron reportaron más síntomas depresivos, mientras que las mujeres divorciadas mostraron peor salud autopercibida en comparación con personas que permanecieron casadas de forma continua. Puntuaciones genéticas asociadas con mayor bienestar y menor predisposición a depresión o mayor índice de masa corporal también se relacionaron con mejores resultados de salud.

Los investigadores analizaron los patrones matrimoniales junto con los PGS, los factores sociales y ambos combinados. Los resultados fueron muy similares entre el análisis de factores sociales por sí solos y el análisis combinado de PGS con factores sociales lo que sugiere que la genética por sí sola no explica estas diferencias. Los factores sociales (como el contexto socioeconómico, la educación y las experiencias de vida) continúan desempeñando un papel dominante en la construcción de las trayectorias de pareja y sus efectos sobre la salud durante el envejecimiento.

Conclusiones

Aunque la investigación presenta limitaciones importantes, como centrarse únicamente en participantes blancos no hispanos, ofrece una perspectiva interesante sobre cómo la biología y el entorno interactúan a lo largo de la vida. Más que una competencia entre naturaleza y crianza, la evidencia apunta a una relación dinámica donde predisposiciones genéticas, desigualdades sociales y experiencias personales se entrelazan para moldear nuestra salud y bienestar.

Tal vez atraigas a una pareja por tus brillantes ojos azules y tu alto desempeño académico (vinculado a un PGS elevado en nivel educativo). O quizás tu tipo ideal sea alguien aventurero (asociado a un PGS bajo en depresión). Esa es tu elección, la cual, por supuesto, también está influida por tu genética.  Al final, la genética afecta nuestros comportamientos, los comportamientos moldean nuestras relaciones y nuestras relaciones impactan nuestra salud. Las frases de conquista pueden estar escritas en nuestro ADN, pero la conexión crece a partir de nuestras experiencias vividas.

Referencias

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